Shibboleth 416

  Algo que me obsesionó durante mucho tiempo es a qué dedicar este blog, hasta el punto de no escribir nada en él durante un par de años. Al final me decidí por el uso ocasional y reivindicativo y ahora me gustaría cogerle el ritmo.

   En realidad yo vine a internet a aprender, así que supongo que lo mejor que puedo hacer es intentar aprender en o con el blog también.

   Por eso mismo uso Twitter y hoy, gracias a @LaGuiri he aprendido una nueva palabra: Shibboleth. Ella afirmaba que existía uno nuevo, una vez superado el de la prostitución. Supongo que sí, que la ilegalización de la prostitución o la legalización del comercio de drogas estupefacientes son dos shibboleth clásicos.

   Poco después me llegó un correo de una amiga para comentar unas afirmaciones de una catedrática de penal en una asignatura sobre violencia de género en un master de eso mismo, a saber, entre otras distorsiones imputadas a la regulación legal española, que la misma establece un “bien jurídico colectivo que olvida a la singular víctima que no puede disponer de él (imposición del alejamiento sin su consentimiento)” ¡Cómo si las víctimas pintaran algo en la administración de justicia española! el olvido de la víctima ni mencionarlo que nos conocemos Fernandito

   Por una sinapsis de esas raras que se producen de en vez en cuando me acordé automáticamente del artículo 416 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que establece la dispensa de declarar entre determinados parientes y la polémica actual sobre la conveniencia de derogarla para las víctimas de violencia de género y así evitar que las mujeres se nieguen a declarar en contra de sus maltratadores.

   Es decir, por una parte tenemos que la regulación penal actual de la violencia de género no permite a las víctimas decidir si quieren alejamiento o no, ya que el mismo debe imponerse sí o sí en caso de apreciarse la culpabilidad. Y por otra tenemos que la legislación procesal actual permite a la víctima de violencia de género decidir si le interesa, quiere o le conviene participar como testigo de cargo en la acusación de su maltratador y si no es el caso le dispensa de la obligación de declarar. Y se critican ambas situaciones.

   A este respecto comparto las palabras de Patricia Laurenzo (2007): “Una vez más, quienes se autoproclaman defensores de las víctimas no dudan en ignorar su voluntad y se empeñan en tratarlas como personas privadas de capacidad de raciocinio. Una actitud rígida y paternalista muy poco coherente con el discurso feminista que desde hace años viene luchando por transmitir a la sociedad una imagen de fortaleza y autosuficiencia de las mujeres, todo lo contrario del victimismo a ultranza que proclama el feminismo oficial, rendido a las falsas bondades del sistema penal.”

   Es cierto que puede haber casos en los que el maltratador puede usar su posición de poder para intimidar a la víctima y que así no declare en su contra. No lo niego. Pero ¿estamos seguros de que en todos los casos es esto lo que ocurre? En 2012, el Instituto Andaluz de la Mujer publicó un interesante estudio sobre “La renuncia a continuar en el procedimiento judicial en mujeres víctimas de violencia de género“, del que entresaco esta línea “las mujeres que inician el procedimiento judicial no siempre se sienten más protegidas en el curso de éste”.

  Y yo me pregunto ¿qué ventajas consigue una víctima que no quiere declarar contra su agresor si la obligamos a ello? ¿en qué mejoramos su situación? Algún día escribiré un artículo sobre para qué le sirve el sistema de justicia retributiva a una víctima y para qué no le sirve.

   En fin, que no sé si soy efraimita o galaadita.

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